






Hace poco pensando en anteriores inviernos, me acordaba de una historia que guardaba para mi por su extrañeza y casi de película.
Aficionado que soy a recorrer lugares poco concurridos, desde hace muchos años cuando la nieve lo permite y es generosa en abundancia, me interno en montañas que no son precisamente “paraísos del esquí”, busco pequeños pueblos con montes pelados y generalmente apartados de las más grandes alturas de nuestra cordillera pirenaica, lugares que me hacen recordar mis primeros años en los Pirineos hace ya mucho, mucho tiempo, con aldeas casi despobladas y paisajes agrestes y rudos, sitios donde la poca gente que los habita parece sacada de otros tiempos, silencios y melancolías llenan estos parajes.
Los busco por que la sola sensación de estar allí un martes de cualquier semana invernal, me produce un sentido del aislamiento y de la tranquilidad, raramente encontrados en la vorágine de los actuales inviernos pirenaicos, no se si es por añoranza o simplemente por curiosidad me inclino a meterme de lleno en estos montes despoblados y solitarios, el aspecto deportivo casi es lo de menos, aunque no he de negar que existen descensos muy respetables en estas montañas, descensos abiertos y espaciosos, que cuando los pillas con una buena nieve recién caída te producen un “clímax” fuerte, a veces en la soledad los adornas con gritos que resuenan en las vecinas aldeas, gritos de satisfacción y alegría.
Pero he ahí lo mejor de esta historia, en una de mis incursiones en un monte alejado y muy al sur de la cordillera, cuando ascendía entre los copos de nieve hacia la cima fantasmal de un pequeño pico, vi. una silueta que descendía harmoniosamente por la ladera, con un esquí suave y cadencioso, una técnica muy depurada y moderna, descendía rápido y trazando unas curvas increíbles, o sea lo que llamamos un freerider, no lo podía creer, yo que me sentía el rey del ese pequeño mundo, el más original de los mortales, tenía una seria “competencia”.
Me frote los ojos, podía ser causa del mal de altura 1.600 metros!!!o alguna iluminación!!, pero no la silueta se paro ante mi con una sonrisa de oreja a oreja y en un acento que enseguida adivine extranjero, me dio los buenos días con amabilidad y educación.
Tom ese era el nombre del personaje, me contó que había sido profesor de esquí en América y bastantes sitios de Los Alpes, se había ganado la vida de pro algún tiempo con una famosa marca de esquíes y había viajado por todos los continentes nevados con su bolsa de esquís para trazar curvas por todo el mundo blanco, y de repente estaba ahí en medio de la nada, en un pueblo que no aparece en la mayoría de los mapas, esquiando bajo la ventisca!!! Me explico que andaba por España buscando lugares insólitos para descender!!!, justo lo que yo busco casi cada año, me dijo que alguien le había comentado de estos montes y que aparte de la esquiada, lo más importante para el era que al llegar al valle todo le sonaba diferente a lo anteriormente visto.
No le pregunte nada acerca de su domicilio habitual ni de su ocupación actual, pero si cual era su próximo destino? Me contesto que cualquier monte desconocido que se vistiera de blanco, aunque solo fuera por unos días, que ahí estaría el para dejar su huella y fotografiar su recorrido.
El frió y la ventisca apretaban y después de darnos la mano, continué con mi ascensión y Tom con su descenso, no se que pensaría el, pero yo aun estoy pensando si aquello fue real o un sueño entre la ventisca.












Fin de temporada!!!, para quien? cada año tengo unas sensaciones extrañas, será mi cambio climatico particular, en el mes de Diciembre me mosqueo, cuando los primeros frios empizan a aparecer y tengo que abandonar mis aparatos de escalada, tengo que dejar la lucha con la roca, los dias de entrenamiento , el afán por superar dificultades, cuando mejor estoy al sol ( hum, aquellos días de otoño pegado a la pared, con el calorcito acariciandote ), se rompe todo de repente, aparece un día gris, las rocas se enfrian de manera subita y la indumentaría de escalada te hace tiritar de frio, entonces me resisto a pensar que tengo que cambiar todo, regresar a casa y empezar a rebuscar en el baúl de los recuerdos, las botas de telemark, los anchos tablones y toda la indumentaría de abrigo, verdadera pereza me da, hasta que de pronto por arte de magía, me encuentro deslizandome por las primeras laderas nevadas, la mente me da un vuelco y caigo inmerso en el universo blanco, desde ese momento todo se vuelve de ese color para mi, y mis pensamientos se deslizan como mis esquies a ritmo trepidante, siempre en busca de lugares, lineas, montañas, corredores o lo que sea para descender bulimicamente, pasando los días en un continuo peregrinaje hacia la busqueda de la felicidad en forma de descensos,hasta que llega la primavera, y es entonces cuando se produce la extraña sensación, me resisto a abandonar mis abrigos, mis tablones, mis descensos, me afano en encontrar las ultimas lineas de nieve, con unos ya inusuales vecinos en el invierno, a saber los pajaros, el sonido de los arroyos en el deshielo o las caras sur mostrando su traje más verde, hum ese sueño de primavera me acompaña cada año con sajona puntualidad, no se por que extraña razón compito conmigo mismo por ser uno de los últimos en bajar palas nevadas, aunque a los lados crezcan todo tipo de flores y me encuentre en situaciones acuaticas en forma de cruzar torrentes con las pesadas botas y haciendo malabarismos con los bastones, pero todo eso me engancha irremediablemente y no me deja empezar mi periplo primaveral-veraniego por las paredes, y lo preocupante es que cada año va a más. Y este, este es especialmente, especial, me explico, las cumbres más blancas, los paisajes más insultantemente redondeados y los espesores más bestias se han dado cita en la primavera, con lo cual mi rehabilitación va a ser mucho más larga que anteriores inviernos.
Ya os contaré, de momento mañana me armo de nuevo con todo el material y voy a buscar otra linea por la que bajar.